21 feb. 2012

Urbanismo: Historia/Patrimonio


CASA KULJIS, UNA JOYA PATRIMONIAL QUE LUCHA POR REVENIR A SU PASADO

Foto: archivo
Uno de los inmuebles más valiosos y antiguos de la ciudad es la casona Kuljis, en la que funcionan ópticas, perfumerías, restaurantes, puntos de internet, cabinas telefónicas, quioscos y bares. 

A pesar de los años, el hollín, las termitas y el olvido, esta estructura se niega a morir, pues su hermosura no se ha desvanecido.

El enorme edificio casi ocupa una manzana y se encuentra dividido por el pasaje Kuljis que une las calles Comercio y Jenaro Sanjinés. Por dentro, la casa está fragmentada en construcciones nuevas pero improvisadas que acogen diversos negocios y que se superponen a la arquitectura original. 

En el último piso funciona un restaurante, más abajo hay algo que parece un bar.

“¿Cuál casa? Aquí no hay ninguna casa, sólo oficinas y restaurantes”, dice un hombre al que pregunto por alguien que pueda relatar la historia del inmueble, de sus antiguos dueños o del porqué de su construcción. 

Al escuchar mis preguntas, una mujer se acerca y me confiesa que conoce la historia de la casa. Su nombre es Elia Porcel y afirma haber nacido allí.

“Al principio, esto era un tambo, después la compraron unas monjas y más tarde la adquirió el señor Jorge Kuljis, que se dedicó a hacerle todos los arreglos pertinentes. Él vivía aquí con su familia, pero también han vivido en la casa grandes personalidades, como ex presidentes de la Corte Suprema, el doctor Armando Villafuerte; vivían aquí familias italianas, gente de Santa Cruz, personas muy importantes, coroneles y ex comandantes de la Policía”, cuenta. 

“A la muerte de don Jorge el inmueble fue heredado por su hijos Militza, Danilo, Ivanko y Dolly, quienes vendieron sus partes de la casa y ahora ha quedado como usted la ve. El pasaje tampoco es lo que era. Don Jorge amaba esta casa; si tenía un rasguño, al día siguiente él ya lo tenía arreglado”, relata. 

Precisamente porque la conoció en su esplendor, Porcel lamenta el estado en que se encuentra la casa. Ella aún ocupa, en los pisos superiores, un pequeño bar-restaurante que le da para vivir. Me invita a pasar. El espacio de paredes altas y anchas se ha divido en dos; tiene dos plantas. Al parecer, anoche hubo una fiesta en el local.

Elia sueña con el pasado, con el antiguo esplendor de la casa, de cuya historia también es parte y por la que aún está muy orgullosa. Su madre trabajaba para Jorge Kuljis y ella creció entre las gruesas paredes de adobe del inmueble. Desde el balcón vio pasar esplendorosos desfiles, presenció manifestaciones y disturbios políticos.

Algunos espacios de la casa aún pertenecen a los Kuljis. Toco una de las puertas del pasaje en el que se encuentran algunos negocios pero en el que fundamentalmente hay depósitos de mercadería que se vende en la calle Comercio. 

Me recibe Andrés Kuljis, el nieto de Jorge. Entro al departamento que parece ser de un mundo distinto al de afuera. Está decorado con elegancia, plagado de antigüedades. En la cocina hay un sitio en el que aún se puede ver un pedazo de una pared de piedra que, según Andrés, data del siglo XVII, cuando el inmueble pertenecía a las madres concepcionistas. 

La parte de la casa que da a la calle Comercio es patrimonial, el resto no. Miramos por una de las ventanas y Andrés señala arcos y espacios de la construcción que datan de tiempos inmemoriales. Su abuelo adquirió la casa a principios del siglo XX. La fachada que da a la calle Comercio es la que tiene mayor valor arquitectónico, es de 1930. 

“Tiene detalles neoclásicos y barrocos, un estilo muy ecléctico. El otro lado era un convento, había un cementerio y una iglesia de la que aún queda parte de la torre. Mi abuelo convirtió el pasaje en un espacio comercial. La casa está en los primeros planos que existen de la ciudad”, dice. 

El sueño de Andrés Kuljis es recuperar lo que aún pertenece a su familia, restaurarlo y rescatar además otros espacios de la vivienda para que en el futuro vuelva a parecerse a lo que alguna vez fue.

Foto Ivan Piñeiro
Fuente texto Amancaya Finckel

No hay comentarios:

Publicar un comentario